jueves, 20 de marzo de 2014

Entrevistas -0




Pasado un tiempo dejé de quejarme de las cosas que se me piden y de lamentarme por no poder hacerlas como yo considero que se debería. Ciertamente, en al menos dos sentidos, dejé de ser un universitario: dejé de creer que el mundo es o debe ser como en un modelo teórico, que los demás son responsables por lo que considero que está mal, de hecho dejé de creer que hay cosas que están mal para entender que lo que hay son cosas que no me gustan, dejé de creer que no hago parte del grupo en el que vivo y dejé de creer que no soy cómplice de eso que suelen llamar la maquinaria.
Fue así que retomé mi experiencia como psicólogo, mi experiencia como psicoanalizante y un par de textos sobre las entrevistas de "presentación de enfermos" o "presentación de pacientes", las junté con una respuesta de Sidi Askofaré que escuché hace unos años en Medellín. El recuerdo de esa frase me hace afirmar que él dijo que el límite para el psicoanálisis en instituciones es un límite del psicoanalista, no de la institución ni del dispositivo. Y así me propuse pensar en este papel que ahora transcribo, no sin saber que serán quienes lleguen a leerlo quienes hablarán y pensarán en lo que yo escribo, afirmando que fue eso lo que quise decir, de acuerdo con la sentencia lacaniana: "Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha". Pero esa sentencia no es exigible a nadie. Entonces voy a asumir las consecuencias, a mi manera, en lo que sigue.





No hay comentarios.:

Publicar un comentario