Podría pretender saber y perderme de lo mejor, de lo más importante, marrar la oportunidad, cercenar lo que me puede ser presentado. Entonces mejor los dejo estar, me oriento con ellos, siendo ellos mismos los que me indican dónde preguntar, solicitar ampliación, cuestionar, callar, cortar, dejar pasar... y es precisamente esto lo que me recuerda que una vez durante una de estas entrevistas el recuerdo de una frase me consoló de mi hasta entonces aburrido trabajo: "es un encuentro inédito".
No encuentro la cita, pero sé que era la palabra de un analista refiriéndose a lo que se denomina "Presentación de enfermos", donde se entrevista a un paciente del servicio o pabellón de psiquiatría ante un público de psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas, estudiantes para presentarlo como "caso".
Lo que voy a conservar de todo el asunto -dejando al margen el asunto histórico- es que para los "pacientes" esta puede ser una experiencia inédita, única: ser escuchado como nunca, dando lugar a poner en orden todo su asunto.
Entonces me pregunté: "¿Quién te dice entonces que de repente no les ofreces a esta gente la oportunidad de una experiencia inédita? ¿Quién te dice que no se sienten escuchados como nunca antes y que con esto no los empujas a poner un poco de orden y rigor (lógico) a su asunto?"
Muy bien: bálsamo para mí. Pero una vez recobrado el aliento y dejando atrás el dramatismo: ¿Qué consecuencias tienen esas entrevistas? Y es necesario entonces preguntarse ¿Qué consecuencias tienen esas otras en las que los "pacientes" son hablados por un cúmulo de adultos, un enjambre... una barahunda de adultos?
En la primera, el "paciente" -no puedo afirmar que el sujeto- habla, se habla, habla de sí, se dice. En las segundas es hablado, sin que llegue a ser sin embargo lo mismo que ese efecto actualizador del hablar de la madre sobre su hijo, delante de su hijo.

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