El motivo por el que se consulta
un psicólogo o un psicoanalista no siempre es claro para quien demanda su escucha. Para el psicoanalista, por su parte, es un enigma. En algunos casos, está encubierto tras algo o alguien y así es presentado: algo que no tiene que ver con su vida, pero lo preocupa; alguien que parece
confundido, desmotivado, desinteresado, comienza a inquietarlo.
Se presentan
ocasiones en que quien pide consulta cree entender muy bien
lo que le ocurre, y no necesita de un profesional, solamente condescendió a una
solicitud que le hicieron. En todos los casos, tomar la decisión de pedir una cita puede parecer un salto riesgoso que termina en muchos casos
descargando un sentimiento angustiante.
Después del primer acercamiento
todo parece más fácil. Sin embargo, por momentos puede invadir la incertidumbre
sobre lo que sigue, apresurando una salida bajo la excusa de no encontrar algo
que hubiera justificado tanta predisposición o evitación al comienzo. “A uno no
le hablan, no le dicen nada, a veces dicen lo que uno ya sabe”. Sorprendente
enunciado que recubre la propia sordera, no sólo por desconocer lo que motiva
el silencio del psicoanalista sino por no lograr escucharse en su propio decir.
Para sorpresa de quienes continúan,
con el tiempo pueden percibir que algo ha cambiado, no sabe muy bien cómo,
pero es diferente. Comienza a producirse una palabra que implica otra y otra,
como una particular cadena de la cual sólo empieza a entender que no termina. Que te corten
la producción de eslabones señala el punto que, por sí o por no, ha de terminar
con el sentido que en cada momento es buscado por el hablante, en ocasiones aparentemente
encontrado y que es falso presagio de una conclusión definitiva, de una palabra
todopoderosa que liquide esa situación, la situación analítica.
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