miércoles, 30 de abril de 2014

Sobre educación...




Hace poco me encontré en una situación en la que me cuestionaba sobre un asunto, un tema que había sido motivo de una conversación que tomó tintes de polémica y hasta de discusión, precisamente porque de lo que se trataba era de una creencia: cómo se debe educar y la co-responsabilidad. Ideas nuevas, por cierto, y como novedad, en boga.

Como se sabe, con las creencias hay dos problemas que son uno mismo: el primero es que no son cuestionables en el campo racional y lógico; el segundo es que todos las tenemos.

Esto lo digo en la medida en que he podido presenciar las quejas y reclamos que una madre le hace a una institución por el problema de adicción de uno de sus hijos. En otras ocasiones, un simple reclamo o una advertencia por parte de esa madre tienen una intención (el discurso casi siempre la tiene): comunicarte el compromiso que has adquirido como profesional cuando recibes su hijo en el lugar donde trabajas; en otras palabras, tratan de darte la impresión o impresionarte con que si algo le pasa al jovencito, será un asunto de tu incumbencia, sin importar que haya sido o no en circunstancias ajenas a tu existencia.

El adolescente, incluso el niño, lo sabe: toma noticia de esa intención de su madre; la cual ha incorporado elementos externos, del enfoque de derechos, para lograr su cometido. Ahora estos adolescentes y niños hablan sobre derechos, y algunos lo hacen con la auténtica convicción de que el mundo no les puede fallar, que los demás les deben por existir: “Están llamados a protegernos, somos el futuro”. Primera inversión: antes, supuestamente se venía al mundo en deuda, según las tradiciones religiosas, antropológicas, biológicas e incluso psicoanalítica.

Sin embargo, la exigencia de protección ("Están llamados a protegernos...") se sostiene sobre la creencia, sobre la promesa, que implica una responsabilidad ("somos el futuro"). Los niños y adolescentes, si bien son -o están- sujetos de esta responsabilidad que se les atribuye, en la mayoría de los casos pretenden ignorarla, en otros rechazarla. 

Es necesario preguntarse quién les consultó sobre semejante obligación: “Ser el futuro”, y por demás, de un futuro que otros quieren, que otros esperan. Segunda inversión y vuelta a la tradición: ahora han venido al mundo en deuda; entraron al mundo con una tarjeta de crédito de alto cupo.

Ese futuro del que ellos son -como se puede ser propiedad de algo o alguien, como es un esclavo de su amo-  no es más que uno donde pululan los ideales de salud, de longevidad, de paz, de amor por el prójimo, de cuidado al planeta, de preservación, de límites, de minimizar los riesgos aumentando la prevención, de profesionales exitosos y productivos, un futuro brillante, idealizado por la generación precedente.

Según Lacan, el libro de Jeremías dice que "Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tendrán la dentera". Por ello no es raro que ese futuro diseñado por la generación precedente este siendo prepagado a los niños y adolescentes con un presente de goce, de bienestar, un tiempo de absoluta tranquilidad, de ausencia de obligaciones. He ahí el cupo de la tarjeta de crédito.

Ahora, cuando advierto sobre quién les consultó, pues no hago sino seguir la misma tendencia que se presenta cuando se les consulta por otros temas: a los niños hoy en día hay que consultarles todo -es lo que se dice- ¿Quieres o no hacer la tarea? ¿Quieres comer? ¿Qué quieres…? Se les está consultando todo el tiempo. 

Pero no siempre ocurre así. Hubo y aún puede haber un padre o una madre que no consulte sobre nada de esto, que sencillamente ordene. Ordenar un niño, a su antojo, principalmente al deseo de una madre. De hecho es lo que sucede cuando ese futuro se diseña por la generación precedente y se soporta con políticas como la de consultarles todo y prepagarles.
  
Esta dentera de los dientes de los hijos por las uvas agrias que comieron los padres, es el retorno de lo que quiere proscribirse. Entonces otra nueva tendencia se consolida: velar por los derechos de los niños, velar porque nada (se pre-asume que externo) perturbe el desarrollo de un niño. Pero siempre puede ser interrogado el planteamiento del filósofo Rousseau ¿el individuo nace puro y la sociedad lo corrompe? Sin duda, que continuará aliado al pensamiento religioso y el asunto de El pecado original. 

Sin embargo, la construcción basada en la ciencia se abre paso, definiendo una serie de trastornos mentales que también afectan al niño y que tienen un origen de diversa índole. Pero ¿cómo orientarse en frente de ese boom de los trastornos de la infancia y la adolescencia? ¿En el boom de los medicamentos psiquiátricos?

Sorprendentemente, lo que Rousseau miraba y atribuía al exterior (afuera), no observando al niño y el fenómeno de su comportamiento, ahora la ciencia lo mira en sus genes, en su química; es una mirada puesta en el adentro. En su interior, se presume ahora, están las causas de su conducta: él niño sigue siendo obviado, incluso desechado. Ahora está en su ADN, algo en éste es el extraño responsable. Hay quienes respondieron al llamado de protegerlo de este agente patógeno: “debemos salvar el niño.” Corten.

martes, 29 de abril de 2014

El dispositivo análitico ¿online? Tercera parte

Montaña, tormenta de invierno, nieve, frío, hombre, arte wallpaper


El sacrificio por honor en la tragedia de Ayax se presenta de esta forma: no por amor a otro, no por salvar a otro, sino por evitar la vergüenza propia: por salvar-se, por amor propio. Quizá pueda explicar-se de otras mil formas, pero a mí me gusta ésta versión. No significa que sea la verdadera ni la mejor.

Debo agregar que si lo entiendo así es porque la vergüenza la comprendo con más facilidad que el amor. Siendo así que supongo que para matarse debió ser muy grande la vergüenza; tanto como lo era su nombre, puesto que sabía lo mucho que había logrado -casi a la altura de Aquiles-. Tan grande como la gloria es ahora la vergüenza.

Entonces comienzo a cercarme con ideas: 1. "no puedes retroceder después de llevarte hasta cierto punto; es imposible". 2. Tampoco se puede retroceder ante la fatídica realidad de la muerte (¿ o sí?). 3. ¿Es posible vivir pagando un precio tan alto como lo es el ver caer la construcción en que tanto te esmeraste?
He allí la encrucijada de este hombre que, al igual que Jesucristo, es un héroe. Pero ¿acaso sólo disfraza su motivo? ¿es más venerable morir por amor a los otros que por amor (y orgullo) propio? ¿En cuál prejuicio se sostiene una idea así, en caso que se quiera afirmar? 

Todo esto me sirve para afirmar que, si el amor encierra una lógica, ha de ser una cercana a la de la vergüenza. Sobre eso, el que la decepción sea un punto común, dice mucho. Pero se trata de un apodicto: "si el amor encierra una lógica": es la premisa que se toma por supuestamente cierta, sin cuestionarla, sin que su cuestión sea aquí la cuestión: se trata de un prejuicio. El precio que se paga es que el valor de verdad de la proposición no puede ser sino relativo... ¿relativo a qué? relativo al valor de la premisa. En resumen: nadie afirma que el amor encierre una lógica, pero si la encerrase, entonces... tiene una cercana, semejante estructuralmente a la de la vergüenza. Espero que en este punto aún pueda seguirse la línea lógica. Voy a tratar de ampliarlo.

"Sacrificar (se) por amor" "Sacrificar (se) por honor": sacrificar(se) por amor al otro o por el amor propio. A la final no hay ninguna diferencia: se ama, y punto. Se ama al otro que es mio o del que yo soy, se ama al yo (que siempre es otro, como dijo el poeta) que es mio o del que soy (aquí hablamos de esa fagocitación, de esa fascinación contempóranea del Narciso que no se ve en las aguas del río sino en el muro de su facebook y el número de likes que son la pompa y la vana gloria de su yo. No sin de paso recordarles los suicidios adolescentes por los exabruptos, en ese mar).

El psicoanálisis no puede facilitar el entendimiento del egoísmo que se enraíza en lo profundo del ser, pero los psicoanalistas sí pueden, quizá deba decir podemos, o debamos decir podemos. Es mejor decir que el psicoanalizarse más allá de cierto punto conlleva poder entender esa visión totalitarista del yo, esa en la que el yo aspira a inundar la "realidad" o, mejor aún, a fundirse con ella.

¿Acaso son dos cosas distintas? en todo caso, me atrevo a afirmar que es una precipitación a la muerte. Claro; el amor también. 


viernes, 25 de abril de 2014

Encuentro inédito 2


Pero pronto comienza un desajuste: comienza a irle mal como negociante, llega abatido a casa y su mujer lo desafía diciéndole una y otra vez, con desprecio: “póngase a tomar de nuevo”. Luego él, valiéndose de lo que llama “wathergate”, escucha la grabación de las llamadas que su mujer hace en su ausencia: lo va a dejar porque él ya no tiene dinero y ella sí. 
Entonces él traspasa los bienes a su madre, previendo la separación de bienes que finalmente se da. Se va a vivir a casa de la madre, y retoma el hábito de la bebida. Pronto comienza el malestar: según él, ellas (madre y hermana) lo comienzan a discriminar porque ya no tiene dinero; cuando está viendo Tv, escuchando música o haciendo ejercicios gnósticos, en su cuarto, encienden la licuadora, ponen la misa, hacen oraciones en voz alta… lo desconcentran. Si lo hace en la sala, ellas le cambian el canal o se ponen a hablar al lado de él. Lo instan a misa, a hablar de la religión de ellas, a que deje la bebida.
Recuerda que cuando era niño, su madre, a todo aquel que llegaba a la casa, le decía “vea, éste va a ser padre”, lo que le enojaba y apresuraba a desmentirla. Hasta un día en que llegó un vecino muy ingenioso que respondió a la madre: “padre sí, pero de familia”. Lo que él confirmó: "eso sí, padre de familia”.
Sin embargo, él aun se queja de este deseo de la madre: que él fuera un cura para que no gozara, para que toda la vida estuviera dándole a ella diezmos.
Fue en el marco del presunto hostigamiento que madre y hermana cernían sobre él que se dio el paso al acto: levantó el teléfono y escuchó una conversación entre madre y hermana en la que planeaban mandarlo matar de modo que pareciera un accidente. Se refugió en la bebida para sofocar la ira, y lo logró durante algunos días; pero no aguantó más, tomó un arma e hirió a la madre y luego a la hermana; y, mientras esto hacía, como la madre se interpuso, la atacó nuevamente. Ellas se fueron a buscar atención y él esperó a la policía para entregarse. 
El ataque que reposa en el expediente no es el mismo que él relata. 

A pesar de que las instancias legales por medio de papeles pusieron límites y cauciones, fue él quien pidió que nunca más se le volvieran a acercar. Pero al empezar a escucharlo, se quejaba de que ellos (madre, hermana y un tío) lo molestaban: lo espiaban cuando él se movilizaba por la ciudad, lo espiaba una familia vecina que mandaban taxis para que dieran reporte de sus actividades y rumbo. En general: ellos esperaban cerca de un lugar por el que sabían –gracias a la información de un tercero- que él iba a pasar. Él los veía de lejos, de soslayo, y sabía que eran ellos; se perturbaba y seguía adelante tratando de hacer caso omiso.

jueves, 24 de abril de 2014

"El perseguidor" Julio Cortazar



                           

   Fragmento de entrevista a Julio Cortázar
Julio Cortázar y Charlie Parker (El perseguidor )

JC: Porque de inmediato sentí que el personaje era él; porque su forma de ser, las anécdotas que yo conocía de él, su música, su inocencia, su ignorancia, toda la complejidad del personaje, era lo que yo había estado buscando.
OP: Lo que habías estado persiguiendo. El perseguidor eras vos.
JC: Sí. Pero si yo no hubiera leído esa biografía o esa necrológica de Charlie Parker, tal vez no hubiera escrito el cuento. Porque estaba muy perdido, no encontraba al personaje.
OP: Un escritor en busca de su personaje. Pero además, por lo que yo sé, tuviste otras dificultades.

JC: Hubo una doble dificultad. La primera me concierne a mí. Yo empecé a escribir "El perseguidor" profundamente embalado y escribí casi de un tirón toda la primera secuencia, esa que transcurre en la pieza del hotel, cuando Bruno va a visitar a Johnny y lo encuentra enfermo, con Dédée. Eso toma unas veinte páginas, es bastante largo. Bruno le deja algún dinero y se va, se mete en un café y trata de olvidarse, con la ambivalencia típica del personaje. Y ahí me bloqueé. Al otro día quise seguir el cuento y nada. Releí las veinte páginas y nada. Quedé totalmente bloqueado, me era imposible seguir. Entonces metí todo eso en un cajón y pasaron tres meses, una cosa muy excepcional en mi trabajo de cuentista, porque a mí los cuentos me salen de un tirón. Pasaron tres meses, entonces, me dieron un contrato en las Naciones Unidas, en Ginebra. Tenía que pasarme tres meses en una pensión y me puse a sacar papeles. Entre ellos iban esas veinte páginas, pero yo no me di cuenta. Metí todo en una maleta y me fui. Hasta que un día, en la pensión, buscando no sé qué papel, salió eso. Después de tres meses vos te releés como si eso que estás leyendo fuera de otro, ¿no? Leí, y seguí, seguí, terminé las veinte páginas, me senté a la máquina, puse una hoja y en tres días terminé el cuento. Nunca me he podido explicar la razón del bloqueo y mucho menos la razón de que haya podido empalmarlo. Pero creo que si yo no contara esto nadie se daría cuenta de que el cuento estuvo interrumpido.

miércoles, 23 de abril de 2014

El dispositivo analítico ¿online? Segunda parte



                                           



Una práctica como la del psicoanálisis ha establecido una diferencia en lo que concierne al tratamiento del sufrimiento humano: ante todo, un psicoanalista escucha a un sujeto sin el pre-juicio que representa un diagnóstico; suspende su juicio a la espera del juicio del propio sujeto, porque ese le interesa sobremanera, en tanto dispone los pesos y contrapesos que mantienen su sistema de fuerzas morales presuntamente equilibrado -así sea en equilibrio dinámico-.
El sujeto sostiene su realidad, se apresura por mantenerla equilibrada, y cuando lo malogra llega hasta la negación, asumiendo el costo de esto: sufrir. Termina así por quejarse de este sufrimiento y tomando una salida de entre el número reducido que para él en particular son posibles.

La des-compensación es irremediable. El propósito de alcanzar la felicidad, se paga caro; justamente con la infelicidad. ¿Acaso el sujeto mismo es autor de su propia desdicha? 

Ayax, uno de los héroes de la tradición griega, nos recuerda el valor del honor en la antigua Grecia. Tan lejana y potente como una estrella, la narración de Sófocles continúa iluminando el vasto cielo de la literatura universal. Pero, tan cercana como para pensar que siempre ha estado allí, que esa luz ha sido observada por innumerables generaciones, que ha sido motivo de inspiración y que puede generar suspicacia cuando se considera que esa escritura, oculta un orden particular que nos enseña las motivaciones de la acción subjetiva. Nuestro héroe no soporta saber la verdad de un hecho irremediable: que en lugar de masacrar una tropa de soldados griegos entre los que contaba a Odiseo y a Agamenón, acribillló un rebaño de ovejas. Su motivación era vengarse por no ser reconocido como el valeroso luchador que había hecho su nombre sin ayuda de ningún dios y sin invocaarlos al momento de la batalla; reclamaba la armadura de Aquiles muerto, el mayor de los guerreros. Armadura-símbolo, también objeto codiciado que al serle negado despierta su locura y su ira, que le trajeron por consecuencia la vergüenza y el deshonor. Su salida es el suicidio, el auto sacrificio.  




martes, 22 de abril de 2014

De la "carta robada" que lo sigue estando en la red. Segunda parte




“Yo sé que él sabe, que yo sé, que él sabe.” Esta frase la escuché en una presentación previa a un seminario de psicoanálisis. Encontré interesante su desarrollo porque me identifiqué en lo que reconocí como un juego intelectual, que había realizado innumerables veces con diferentes personas. Dicho juego consistía, para mí, en suponer lo que pensaba el otro acerca de mí (sobre lo que decía o hacía), y la situación comenzó a tornarse irritante por la trivialidad que caracterizaba estos pensamientos, pero sobre todo, porque comencé a abandonar mi posición personal, resistiéndome a la idea de que se trataba de algo más que obsesiones, sobre todo por su carácter repetitivo.
Comencé por darle confianza a esa sospecha que me advertía que algo estaba sin decirse, que mi esfuerzo por evitar estos pensamientos, en sí mismo era infructuoso y que no perdería más si me abandonaba a hablarlos. Esto ocurrió en el transcurso de mi análisis. Para mi sorpresa comencé a padecer de esta obsesión con mi analista: me ocupaba en pensar cómo podría agradarle, o en otras palabras, evitar su irritación.

Con el tiempo entendí que mi juego no era correspondido y que era a su vez la explicación de mi fracaso al intentar adelantarme a lo que creía era su propósito, su intención, su dirección. Un sueño bastó para revelarme el sentido de mi intención, de mi propósito: me encontraba en un sitio agradable en compañía de mi analista, quien dos pasos delante de mí avanzaba y cada tanto me miraba y sonreía. Yo quería alcanzarla y en un último esfuerzo me apresuré logrando mi cometido, pero de inmediato todo cambió; la sensación de agrado desapareció y en su lugar una angustia creciente surgió en mí. Me percaté de que estaba corriendo y que al frente sólo estaba el camino. Al mirar atrás sentí que me seguían, no pude ver quién, pero estaba cada vez más asustado. Al acercarse cada vez más sentí desfallecer y así me impresionó tanto un leve contacto que desperté. Mi prisa era el signo de la desesperación que caracterizaba aquel momento de mi vida; ese propósito de alcanzar, de sobrepasar, me advirtió lo mucho que estaba arriesgando fuera del dispositivo y que podía perder. De ahí en más, la percepción de un ritmo más acorde a mi vida se acentuó.

En el cuento de Edgar Allan Poe, que por título lleva La lettre volée (La carta robada) se me hizo clara esta lógica de “Yo sé que él sabe, que yo sé, que él sabe.” Tanto el ministro como el sagaz Dupin conocían sus métodos, el juego estaba abierto y el ministro tenía la ventaja sobre Dupin. Éste ultimó encontró el momento oportuno para precipitar la suerte que el Ministro se había fabricado. “Un designio tan funesto que si no es digno de Atreo, es digno de Tiestes.”

Suponer lo que el otro piensa, puede llevarnos a pensar lo peor, a ser autores de lo peor, fabricando afuera, de esta forma, nuestros propios miedos, siendo perseguidos por nosotros mismos: "¡Cómete tu dasein!".

miércoles, 9 de abril de 2014

Encuentro inédito 1.



Voy a tratar de reseñar una breve anamnesis del caso, con el fin de que se puedan entender un poco mejor las construcciones delirantes antes mencionadas.

Es el hijo menor de una familia de clase media conformada por los padres, hermanas y hermanos. El padre es comerciante y la madre ama de casa. 
La vocación por el comercio –que es lo que hoy lo sostiene y le permite un lugar en el mundo- la heredó, según él, del padre: “eso lo llevo en las venas”.
Para él el origen de los problemas está en que en su apariencia física no es como sus hermanos, aunque basta verlo para comprobar que sí tiene la misma apariencia; pero durante un tiempo la presencia del padre lo protege de ese tipo de discriminaciones.
Recuerda que cuando tiene seis años de edad, sostenía una caja con juegos pirotécnicos, mientras su hermano iba sacándolos y encendiéndolos. Advierte del peligro, y en seguida una chispa cae en la caja que sostiene, encendiendo la pólvora. A pesar de estarse quemando con las chispas, no es capaz de soltar la caja: se quema levemente la cara y las manos, pero no se atreve a soltarla por miedo a la reprimenda que sabe –de ello tiene certeza- el padre le daría si la dejase caer. 
Particular resulta que el padre no estaba presente, y por datos extra-clínicos se verificó -la verdad es que sin buscarlo- que para ese entonces, de hecho el padre ya estaba muerto: el padre murió cuando él apenas tenía dos años. Es su historización, según la cual el padre muere cuando él tiene siete u ocho años, dejando en libertad a sus hermanos para burlarlo por no ser físicamente como ellos, por no ser tan bien parecido. Esto le enfurecía, y entonces los perseguía con cuchillos de mesa o lo que encontrara a mano. Luego lo encerraban en un cuarto para posteriormente meterlo a una ducha fría, para que se le pasara la rabia.
Recuerda que ya por ese tiempo escuchaba voces en los momentos en que tenía estos accesos de rabia. Esas voces le decían “que sí”, y él se resistía replicándoles “que no”.

A partir de la muerte del padre, se aleja del hogar, comienza a comerciar para ganarse sus cosas, ya que en la familia se las negaban para dárselas a otros -dice él-. Resulta particular que exactamente así describirá lo que él mismo hace más adelante. Huye de ese hogar que se desploma tras la muerte del padre, cuya tumba durante veintiún años fue a visitar con la esperanza de que se levantara, y afirma haber estado dispuesto a dar toda su fortuna a cambio de que su padre se levantara y le diera la reprimenda que le hizo falta (¿la del evento de la caja de pirotécnicos?). Afirma que todas lo que en él está mal, y por lo que ha caído en una vida viciosa, es porque el padre no lo corrigió como sí lo hizo con sus hermanos (¿lo que le dio el padre a sus hermanos y a él no, como la apariencia física?).

En la vacante dejada por el padre, puso las drogas (que lo apaciguaban a la vez que eran una de las cosas que en él está mal), luego la gnosis. Gana dinero como comerciante, se casa y tiene a su hija. Por último, cuando logró una forma de trasladar el alma de los muertos, puso el alma de su padre en el cuerpo de su hija: solución que le permite seguirlo queriendo a través de ella. Así las cosas, marchan bien, al parecer, durante años.

jueves, 3 de abril de 2014

¿Una realidad escindida y opaca? y/o ¿un sujeto escindido y efímero?





Dormir conlleva una actividad asombrosa: el sueño. Habrá otras tanto o más complejas, pero ésta capta nuestra atención por sus peculiaridades o por la ausencia definitiva de las mismas. Esta experiencia es quizá una de las que más se  asemeja a lo que entendemos los legos por caos: ausencia de orden, de lógica. Sin embargo, tanto al caos como al sueño el hombre los ha intentado dominar, comprender, en el transcurrir del tiempo: los ha intentado preñar con lógica, llegando en casos excepcionales a encontrarle una que dice revelar un funcionamiento: Sencillamente eso, sin forzar ningún sentido oculto, ninguna finalidad supraterrena.

Es así como un Sigmund Freud comenzó a interesarse por el fenómeno del sueño, encontrando en él una relación con la actividad consciente, para ese entonces, aquella que hacemos en la vigilia.

En la vigilia se ha depositado la mayor de las tareas: resolver los problemas que nos conlleva vivir. Una confianza creciente se ha otorgado al sujeto de la conciencia, ese que por momentos intenta no perderse nada de “la realidad” que tiene ante sus ojos. Sorprendente-mente ese sujeto de la conciencia se siente atraído, es seducido por las producciones de la fantasía, el ensueño, los lapsus (en sus diversas índoles) por ese mundo interno que considera tan personal y que en ocasiones (la mayoría) le cuesta admitir y revelar. Además no puede evitar que esas "producciones" le sean presentadas. Aquello que el sujeto de la conciencia (ese que llamamos yo) no quiere saber reclama su lugar. 

Ese mundo interno busca resolución afuera; es entonces cuando afuera y adentro se hacen difusos, sus contornos se mezclan y el sujeto puede entrar en un laberinto para nunca salir. Que no se malentienda, no es un juego donde se sale uno por la tangente al relativizar la realidad en la que las manzanas caen gracias al artificio del afuera y adentro. Las manzanas seguirán cayendo, por supuesto, y sólo por un supuesto, el supuesto de que las condiciones que presuntamente determinan que eso sea así se mantendrán. Es que eso no es ninguna garantía, ninguna seguridad, eso no me da la certeza, eso no me permite tener la certeza de que así es.