“Yo sé que él sabe, que yo sé, que él sabe.” Esta frase la escuché en una presentación previa a un seminario de psicoanálisis. Encontré interesante su desarrollo porque me identifiqué en lo que reconocí como un juego intelectual, que había realizado innumerables veces con diferentes personas. Dicho juego consistía, para mí, en suponer lo que pensaba el otro acerca de mí (sobre lo que decía o hacía), y la situación comenzó a tornarse irritante por la trivialidad que caracterizaba estos pensamientos, pero sobre todo, porque comencé a abandonar mi posición personal, resistiéndome a la idea de que se trataba de algo más que obsesiones, sobre todo por su carácter repetitivo.
Comencé por darle confianza a esa sospecha que me advertía que algo estaba sin decirse, que mi esfuerzo por evitar estos pensamientos, en sí mismo era infructuoso y que no perdería más si me abandonaba a hablarlos. Esto ocurrió en el transcurso de mi análisis. Para mi sorpresa comencé a padecer de esta obsesión con mi analista: me ocupaba en pensar cómo podría agradarle, o en otras palabras, evitar su irritación.
Con el tiempo entendí que mi juego no era correspondido y que era a su
vez la explicación de mi fracaso al intentar adelantarme a lo que creía era su propósito, su intención, su
dirección. Un sueño bastó para revelarme el sentido de mi intención, de mi
propósito: me encontraba en un sitio agradable en compañía de mi analista,
quien dos pasos delante de mí avanzaba y cada tanto me miraba y sonreía. Yo
quería alcanzarla y en un último esfuerzo me apresuré logrando mi cometido,
pero de inmediato todo cambió; la sensación de agrado desapareció y en su lugar
una angustia creciente surgió en mí. Me percaté de que estaba corriendo y que al
frente sólo estaba el camino. Al mirar atrás sentí que me seguían, no pude ver
quién, pero estaba cada vez más asustado. Al acercarse cada vez más sentí
desfallecer y así me impresionó tanto un leve contacto que desperté. Mi prisa
era el signo de la desesperación que caracterizaba aquel momento de mi vida;
ese propósito de alcanzar, de sobrepasar, me advirtió lo mucho que estaba
arriesgando fuera del dispositivo y que podía perder. De ahí en más, la
percepción de un ritmo más acorde a mi vida se acentuó.
En el cuento de Edgar Allan Poe,
que por título lleva La lettre volée (La carta robada) se me hizo clara esta lógica de “Yo sé que
él sabe, que yo sé, que él sabe.” Tanto el ministro como el sagaz Dupin
conocían sus métodos, el juego estaba abierto y el ministro tenía la ventaja
sobre Dupin. Éste ultimó encontró el momento oportuno para precipitar la suerte que el Ministro se había fabricado. “Un
designio tan funesto que si no es digno de Atreo, es digno de Tiestes.”
Suponer lo que el otro piensa, puede llevarnos a pensar lo peor, a ser autores de lo peor, fabricando afuera, de esta forma, nuestros propios miedos, siendo perseguidos por nosotros mismos: "¡Cómete tu dasein !".
Suponer lo que el otro piensa, puede llevarnos a pensar lo peor, a ser autores de lo peor, fabricando afuera, de esta forma, nuestros propios miedos, siendo perseguidos por nosotros mismos: "¡Cómete tu dasein

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