Una práctica como la del psicoanálisis
ha establecido una diferencia en lo que concierne al tratamiento del
sufrimiento humano: ante todo, un psicoanalista escucha a un sujeto sin el pre-juicio
que representa un diagnóstico; suspende su juicio a la espera del juicio del
propio sujeto, porque ese le interesa sobremanera, en tanto dispone los pesos y
contrapesos que mantienen su sistema de fuerzas morales presuntamente equilibrado -así sea en equilibrio dinámico-.
El sujeto sostiene su realidad, se apresura por mantenerla equilibrada, y cuando lo malogra llega hasta la negación, asumiendo el costo de esto: sufrir. Termina así por quejarse de este sufrimiento y tomando una salida de entre el número reducido que para él en particular son posibles.
El sujeto sostiene su realidad, se apresura por mantenerla equilibrada, y cuando lo malogra llega hasta la negación, asumiendo el costo de esto: sufrir. Termina así por quejarse de este sufrimiento y tomando una salida de entre el número reducido que para él en particular son posibles.
La des-compensación es
irremediable. El propósito de alcanzar la felicidad, se paga caro; justamente
con la infelicidad. ¿Acaso el sujeto mismo es autor de su propia desdicha?
Ayax, uno de los héroes de la tradición griega, nos recuerda el valor del honor en la antigua Grecia. Tan lejana y potente como una estrella, la narración de Sófocles continúa iluminando el vasto cielo de la literatura universal. Pero, tan cercana como para pensar que siempre ha estado allí, que esa luz ha sido observada por innumerables generaciones, que ha sido motivo de inspiración y que puede generar suspicacia cuando se considera que esa escritura, oculta un orden particular que nos enseña las motivaciones de la acción subjetiva. Nuestro héroe no soporta saber la verdad de un hecho irremediable: que en lugar de masacrar una tropa de soldados griegos entre los que contaba a Odiseo y a Agamenón, acribillló un rebaño de ovejas. Su motivación era vengarse por no ser reconocido como el valeroso luchador que había hecho su nombre sin ayuda de ningún dios y sin invocaarlos al momento de la batalla; reclamaba la armadura de Aquiles muerto, el mayor de los guerreros. Armadura-símbolo, también objeto codiciado que al serle negado despierta su locura y su ira, que le trajeron por consecuencia la vergüenza y el deshonor. Su salida es el suicidio, el auto sacrificio.
Ayax, uno de los héroes de la tradición griega, nos recuerda el valor del honor en la antigua Grecia. Tan lejana y potente como una estrella, la narración de Sófocles continúa iluminando el vasto cielo de la literatura universal. Pero, tan cercana como para pensar que siempre ha estado allí, que esa luz ha sido observada por innumerables generaciones, que ha sido motivo de inspiración y que puede generar suspicacia cuando se considera que esa escritura, oculta un orden particular que nos enseña las motivaciones de la acción subjetiva. Nuestro héroe no soporta saber la verdad de un hecho irremediable: que en lugar de masacrar una tropa de soldados griegos entre los que contaba a Odiseo y a Agamenón, acribillló un rebaño de ovejas. Su motivación era vengarse por no ser reconocido como el valeroso luchador que había hecho su nombre sin ayuda de ningún dios y sin invocaarlos al momento de la batalla; reclamaba la armadura de Aquiles muerto, el mayor de los guerreros. Armadura-símbolo, también objeto codiciado que al serle negado despierta su locura y su ira, que le trajeron por consecuencia la vergüenza y el deshonor. Su salida es el suicidio, el auto sacrificio.
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