viernes, 28 de marzo de 2014

Encuentro inédito 0.


Uno de los participantes del taller al final se me acerca y me manifiesta su alegría por poder contar con alguien que pueda ayudarlo a solucinar sus "falencias", ya que con el resto de la gente "no se puede hablar de esas cosas porque les parecen raras y creen que es que uno está loco" y "se ríen", son "ignorantes"... "es su incapacidad".
Ante la comprobación de que me limitaba a escuchar -realmente sin entender bien a qué venía el asunto y esperando una pista- sin poder reírme o extrañarme, soltó una diátriba: un relato de conjuras urdidas por "los gringos" y "los marcianos" con el fin de robar: ese era el argumento de su historia, un robo; historia cuyo relato se vio interrumpido por el llamado de un tercero.

Tuve la impresión de que se trataba de un delirante. Vaya brillante intuición, ya que en caso de ser cierto, con poco contaba yo para hacer frente a lo que allí se planteaba: lo poco que sabía de la psicosis era que no sabía mucho.
Eso fue hace ya varios años, pero hoy en día las cosas no han cambiado mucho para mí.

Contando con un poco de teoría, deseché el cognitivismo y su propuesta de rebatir sus ideas o persuadirlo de sus "creencias irracionales", me quedé con la orientación psiconalítica y lo asumí como paciente. 
Si los conocimientos eran pocos -y hoy en día sé que los necesarios y válidos-, el entusiasmo porque él pudiera dirigirse por sí mismo, dejándome el discreto papel de escribano, quizá de testigo, me daba para mucho. Sin embargo, la indicación más valiosa que para el ejercicio de la clínica pudieron darme, vino de parte de mi asesor y fue algo de lo menos dogmático: “sea prudente”; lo cual me hizo pensar rápidamente en Odiseo.


Fue de esta manera que poco a poco me fue revelando las coordenadas de sus construcciones delirantes. Sí, en plural, porque, aunque el contenido de las diferentes construcciones fuera a veces el mismo (un robo), y aunque las demás giraran en torno a esta, y nada me impidiera a mí unirlas en armonía y producir un todo, un uno, un sólo delirio, no era ese el caso para él, para quien se trataba de cosas que no eran ni distintas ni semejantes; sino que simplemente no las relacionaba de manera alguna, ni siquiera cuando yo se lo sugería.
A pesar de esto, con fines únicamente didácticos, clasifiqué sus construcciones delirantes como cuatro que aunque coexistían sin relación alguna para él, en cada momento había una u otra que toma el comando  y determinaba su comportamiento relegando a las demás.

1. La construcción delirante cósmica: Los Marcianos espían la tierra, al igual que los gringos a Colombia, con el fin de perpetuar el robo de las riquezas de que ellos carecen por “ineptos”, por “ignorantes”, “porque no saben trabajar sino robar”. Esta construcción delirante sólo comandó durante nuestro primer encuentro; luego apareció sólo por sugerencia mía, pero sin importancia alguna para él. Tal construcción lo ubica del lado del delirio de los sabios: sabe, pero no le afecta ni trata de hacer algo al respecto.

2. La construcción delirante suplente de la novela familiar: Su familia, encabezada por su madre, son unos “ineptos” que “no saben trabajar sino robar”; por eso han querido tenerlo a él siempre como su esclavo, como "un cura", "un padre" para que los mantenga; como su padre, podría decir yo. Pero a ellos no les basta con lo que él les da: a ellos lo que les interesa es robar, tomar más de lo que él les da, ya que para ellos nunca es suficiente. Esta construcción delirante es la más elaborada, robusta y extensa, pero también, paradójicamente, la que más lo afecta. Cuando esta construcción toma el comando, él es “mosqueado”, espiado por taxis, se habla de él y le roban cosas. Se ubica como un querulante, un perseguido.

3. La construcción delirante gnóstica: Según él lo historiza, en su adolescencia ingresó a un grupo de gnósticos en el cual aprendió muchas cosas, sobre todo a entender y dominar muchos de los fenómenos elementales –antes inexplicables- que en su cuerpo tenían sede desde su infancia, a partir de la muerte de su padre. Esta construcción delirante engloba también todo lo referente a los sentimientos de influencia y la transmisión del pensamiento sin palabras. Durante el comando de esta, él se dedica a la naturaleza, a hablar telepáticamente con las plantas y los extraterrestres, a desarrollar su plenitud y sus poderes; se le nota cierta calma, la cual proviene del conocimiento, por revelación, de la fecha exacta en que la población mundial va a verse diezmada por una hecatombe cósmica. Se ubica como los delirantes proféticos, en posición pseudo-mesiánica.

4. El delirio botánico-naturista: Por la misma época en que aprende –de modo autodidáctico siempre, ya que los gnósticos pronto se le quedaron cortos- sobre gnosis, aprende sobre botánica. Esto le sirve para curar –de manera particular: es él quien debe tomar los remedios- a las personas de las enfermedades (de la sangre, del hígado y del estómago) que son “deudas con Dios”, pero también para comunicarse con las plantas: ellas le hablan en un lenguaje extraño que él logra interpretar. Durante la predominanceia de esta construcción delirante actúa muy semejante a cuando predomina la gnosis, pero no hay tal tranquilidad; lo que hay es la exaltación hipomaniaca, casi hebefrénica, que le lleva a recolectar cosas y curar personas. Se ubica del lado de los elegidos, una construcción delirante reivindicatoria.

jueves, 27 de marzo de 2014

El dispositivo analítico ¿online?


   


El dispositivo analítico, con más frecuencia de lo que se piensa, es relacionado con un espacio de evaluación y diagnóstico mental al que se asiste cuando estás "mal de la cabeza"; tal cual como se asocia al psiquiatra o neurólogo. En muchos casos este pre-juicio conlleva, como todo prejuicio, una proyección fundamentada en el no saber, una suposición. Para quienes han estado en análisis, afirmar eso puede ser difícil.  

En la cotidianidad se encuentran con facilidad múltiples formas de evaluación mental a niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos; nadie escapa. La oferta es hecha por numerosas disciplinas, algunas no tan disciplinadas. Se hace más polémico el asunto del diagnóstico y tratamiento psiquiátrico en diferentes países, entre ellos E.E.U.U., comúnmente identificado como un pueblo pragmático. Es mayor la preocupación de padres de familia porque sus hijos son hiper-activos y tienen numerosos déficits, lo que los lleva a cuidar su alimentación, su educación y sus aprendizajes, obsesivamente. Simultáneamente, muchos temen llenarlos de medicamentos para controlarlos o estimularlos, más aún conociendo que muchas farmacéuticas aúnan los esfuerzos que sean necesarios para mantenerse.     
    
Hoy día un individuo (en el sentido de indivisible, porque así fue y es pensado por muchos) es diseccionado por especialistas en salud mental, sin consideración por lo que el sujeto habla: evalúan su atención, memoria, sensación, cómo se viste y se comporta. Resulta de esto una exposición detallada de partes: su pensamiento, su emoción y su volición son estudiados como en un laboratorio para luego integrar y conceptualizar (hablarlo) ese individuo, y al final son muchas las personas que sienten y piensan que no han logrado nada con todo eso. Los métodos son diversos, variados y versátiles: todo tipo de pruebas psicológicas, psico-fisiológicas, psiquiátricas, neurológicas, exámenes de laboratorio, medicamentos para la ansiedad, la tristeza, o la euforia, en fin, un aparataje disponible para el individuo de la edad moderna.

El dispositivo analítico está desprovisto de todas estas herramientas, "adolece", "carece" de todo ese arsenal de la cuasi máquina en la que se entra para ser evaluado. Su técnica es la asociación libre de palabras, su regla sólo una: "hable, explíquese" y el medio privilegiado (en ocasiones se recurre a dibujos) es la palabra; ella es la herramienta que sondea o escanea la mente, que interviene en el cuerpo imaginario, que captura el instante de una mirada o una voz inclemente. ¿Por qué no?


¿Por qué sí, lo otro?   

Entrevistas -2


Podría pretender saber y perderme de lo mejor, de lo más importante, marrar la oportunidad, cercenar lo que me puede ser presentado. Entonces mejor los dejo estar, me oriento con ellos, siendo ellos mismos los que me indican dónde preguntar, solicitar ampliación, cuestionar, callar, cortar, dejar pasar... y es precisamente esto lo que me recuerda que una vez durante una de estas entrevistas el recuerdo de una frase me consoló de mi hasta entonces aburrido trabajo: "es un encuentro inédito".
No encuentro la cita, pero sé que era la palabra de un analista refiriéndose a lo que se denomina "Presentación de enfermos", donde se entrevista a un paciente del servicio o pabellón de psiquiatría ante un público de psiquiatras, psicólogos, psicoanalistas, estudiantes para presentarlo como "caso".
Lo que voy a conservar de todo el asunto -dejando al margen el asunto histórico- es que para los "pacientes" esta puede ser una experiencia inédita, única: ser escuchado como nunca, dando lugar a poner en orden todo su asunto.
Entonces me pregunté: "¿Quién te dice entonces que de repente no les ofreces a esta gente la oportunidad de una experiencia inédita? ¿Quién te dice que no se sienten escuchados como nunca antes y que con esto no los empujas a poner un poco de orden y rigor (lógico) a su asunto?"
Muy bien: bálsamo para mí. Pero una vez recobrado el aliento y dejando atrás el dramatismo: ¿Qué consecuencias tienen esas entrevistas? Y es necesario entonces preguntarse ¿Qué consecuencias tienen esas otras en las que los "pacientes" son hablados por un cúmulo de adultos, un enjambre... una barahunda de adultos?
En la primera, el "paciente" -no puedo afirmar que el sujeto- habla, se habla, habla de sí, se dice. En las segundas es hablado, sin que llegue a ser sin embargo lo mismo que ese efecto actualizador del hablar de la madre sobre su hijo, delante de su hijo.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Entrevistas -1


De alguna manera, suspendí mi ejercicio de la clínica, la cual defino así debido a que tengo un título, registro y tarjeta profesional de psicólogo (por ahora voy a mantener mi anonimato), pero no me considero uno, y empecé a psicoanalizarme hace... varios años (creo que son cinco, y cada vez debo sacar la cuenta), pero algo me impide en ocasiones decir que soy un analista. Así como hay eventos en los cuales digo "es que los analistas somos", acotando que en ese caso debo incluirme en el conjunto. Pero, al grano.
Tras esa suspensión o corte, tuve la oportunidad, sin quererlo, mas no sé si deseándolo, de volver a ejercer la clínica: la institución que es quien paga, me pide lo que le piden: evaluaciones psicológicas, planes de trabajo, intervenciones, y seguimientos. 
Tengo entonces que entrevistar a personas, preguntarles cosas específicas, poner un poco en orden la historia, afinarla, precisarla, pulirla, matizarla, difuminarla, cortarla, elidirla (sí), y decir algo de utilidad al final. Pero, ¿creerán acaso que sé dónde y cuándo? 
Para nada.

viernes, 21 de marzo de 2014

Entrada y salida. Rápidas.

                       



El motivo por el que se consulta un psicólogo o un psicoanalista no siempre es claro para quien demanda su escucha. Para el psicoanalista, por su parte, es un enigma. En algunos casos, está encubierto tras algo o alguien y así es presentado: algo que no tiene que ver con su vida, pero lo preocupa; alguien que parece confundido, desmotivado, desinteresado, comienza a inquietarlo. 
Se presentan ocasiones en que quien pide consulta cree entender muy bien lo que le ocurre, y no necesita de un profesional, solamente condescendió a una solicitud que le hicieron. En todos los casos, tomar la decisión de pedir una cita puede parecer un salto riesgoso que termina en muchos casos descargando un sentimiento angustiante.
Después del primer acercamiento todo parece más fácil. Sin embargo, por momentos puede invadir la incertidumbre sobre lo que sigue, apresurando una salida bajo la excusa de no encontrar algo que hubiera justificado tanta predisposición o evitación al comienzo. “A uno no le hablan, no le dicen nada, a veces dicen lo que uno ya sabe”. Sorprendente enunciado que recubre la propia sordera, no sólo por desconocer lo que motiva el silencio del psicoanalista sino por no lograr escucharse en su propio decir.


Para sorpresa de quienes continúan, con el tiempo pueden percibir que algo ha cambiado, no sabe muy bien cómo, pero es diferente. Comienza a producirse una palabra que implica otra y otra, como una particular cadena de la cual sólo empieza a entender que no termina. Que te corten la producción de eslabones señala el punto que, por sí o por no, ha de terminar con el sentido que en cada momento es buscado por el hablante, en ocasiones aparentemente encontrado y que es falso presagio de una conclusión definitiva, de una palabra todopoderosa que liquide esa situación, la situación analítica. 

jueves, 20 de marzo de 2014

Entrevistas -0




Pasado un tiempo dejé de quejarme de las cosas que se me piden y de lamentarme por no poder hacerlas como yo considero que se debería. Ciertamente, en al menos dos sentidos, dejé de ser un universitario: dejé de creer que el mundo es o debe ser como en un modelo teórico, que los demás son responsables por lo que considero que está mal, de hecho dejé de creer que hay cosas que están mal para entender que lo que hay son cosas que no me gustan, dejé de creer que no hago parte del grupo en el que vivo y dejé de creer que no soy cómplice de eso que suelen llamar la maquinaria.
Fue así que retomé mi experiencia como psicólogo, mi experiencia como psicoanalizante y un par de textos sobre las entrevistas de "presentación de enfermos" o "presentación de pacientes", las junté con una respuesta de Sidi Askofaré que escuché hace unos años en Medellín. El recuerdo de esa frase me hace afirmar que él dijo que el límite para el psicoanálisis en instituciones es un límite del psicoanalista, no de la institución ni del dispositivo. Y así me propuse pensar en este papel que ahora transcribo, no sin saber que serán quienes lleguen a leerlo quienes hablarán y pensarán en lo que yo escribo, afirmando que fue eso lo que quise decir, de acuerdo con la sentencia lacaniana: "Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se escucha". Pero esa sentencia no es exigible a nadie. Entonces voy a asumir las consecuencias, a mi manera, en lo que sigue.





miércoles, 19 de marzo de 2014