domingo, 5 de octubre de 2014

YO NO QUIERO VOLVER TAN LOCO (Charly García)


Estas imágenes me gustaron mucho y se las quise compartir por el evento que configuran la música de Charly García y las imágenes.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

La culpa




Es cotidiano ser testigo de sujetos, que apenas puestos sobre sus dos piernas y apertrechados tras un orgullo tan falso como puede ser todo orgullo, decir "no me arrepiento de nada".
A lo mejor algunos sepan, aunque sea de mala manera, el análisis llevado a cabo por Freud sobre lo que encuebre una negación: básicamente, porque no pretendo hacer un curso de psicoanálisis freudiano, básicamente se trata de que una manera de decir algo reprimido es diciéndolo bajo la forma de un chiste, un sueño, un equívoco o precediéndolo por la partícula "no": "no te odio", es una buena manera de poder manifestar el odio que se siente por alguien. Ahora, pido el favor a quien pueda llegar a leer esto, que no se dedique a lo que se llama psicoanálisis silvestre: andarse por ahí endilgándole sus interpretaciones de sentido a otros, atribuyéndole lo que interpereta al que habla. Es de pésimo gusto y contraproducente.

Retomando. Esa pretención de je ne regret rien (véase la famosa canción de Edith Piaf), es una brabuconada que puede ser bien costosa en consecuencias, porque sostenerse en esa posición es acuciante en la medida en que mientras más tiempo pase más difícil es desistir y más complicado sostenerse: se construye así un lugar inhabitable.

Simplemente, la culpa, un poco como lo pueden leer en las sagradas escrituras, es fundamental: fundamental en el sentido en que un cuerpo se sostiene sobre sus fundamentos gracias el equilibrio de su peso y la normal: la normal, si bien fuerza opositora a la acción del peso, es necesaria. En todo caso, es la culpa lo que sostiene, es uno de los sostenes (me es difícil dejar pasar las ambigüedades del sentido de las palabras: "sostenes" ¿de cuáles?)  del humano. Es posible constatar que se trata de "animal", de "bestia", de inhumano a aquellos que aparentan no sentir culpa o que no dan muestras de sentirla.
Se puede pensar en un violador, en un asesino, pero también apelativos como bestia o máquina surgen ante atletas y portentos de desempeño que superan a todos sus adversarios: es verdad, la culpa puede llevarte a no superar a tus adversarios, a no "ser mejor". No es fácil superar a alguien... superarlo quizá sí; lo complicado es la manera en que la culpa puede trabajarte tras ver su cara, su rictus. No es sencillo. No lo es. Y a veces, para algunos, a pesar de querer ganar y superar a los demás, es más cómodo no sentir culpa.
Para aquellos que no, el mundo y el éxito parecen abrirles las puertas. Sin embargo, una pregunta, y en el sentido honesto de una pregunta real: ¿cómo se manifiesta la culpa en ellos?

martes, 6 de mayo de 2014

Más acá de la educación…





“X se encuentra al cuidado y protección de su familia. Ningún derecho se encuentra vulnerado al momento de su ingreso. Tampoco se encuentra situación o circunstancia en su vida actual que amenace sus derechos fundamentales. Por elementos de la historia familiar, aportados por la adolescente, se puede presumir que su ingreso a la modalidad obedece a un conocimiento y uso por parte de sus padres de la 'red social' destinada al bienestar de sus hijos; además les interesa ampliar su perspectiva de la formación académica a la ocupación en un oficio específico. En lo que respecta a su salud mental no se identificaron signos de alteración en su desarrollo; su conducta comprende respuestas características de la adolescencia. Se encuentra en proceso de construcción de una identidad, aceptando y rechazando algunos de los elementos dados por su familia y comunidad inmediata. En este proceso de construcción se encuentra con 'oposiciones' por parte de sus padres principalmente; todos aquellos convocados a ser parte de su educación esperan (así no lo quieran) algo de ella: que se gradué del colegio, que aprenda un oficio, que continúe en la Universidad, que no ingrese a las drogas, que no se embarace, que sea todo eso y más.”

Encuentro una consecuencia lógica, casi obvia: su pereza, su desmotivación; está apabullada con tantas cosas, y lo dice entre dientes, con miedo a ser sancionada por decirlo. Lo que le gusta no lo puede hacer, porque es mujer; para su padre sería más que una decepción, un problema en realidad. Teme despertar la ira de su viejo porque alguien tendrá que pagarlo, quizá su madre, o uno de sus hermanos. Entonces se silencia y cumple. Se enoja, y mucho; no porque no entienda, sino porque no quiere entender, no le interesa.
     
Luego pienso. Yo pienso; ella me hace pensar: “sí; cierto. Pensar es forzarse, dejar de ser, renunciar a ser…”. Entonces dejó ahí. 
Ella está cansada de hablar, me mira, y yo espero en silencio. En ese preciso instante recuerdo que aun sabiendo que ya no quiere hablar, debo pedirle que quiera responderme algunas preguntas más, las más necias, las menos importantes. Entonces interrumpo esa obligación, no la reconozco en mí, no la reconozco mía, es una obligación contraída, no es una obligación que haga mía, por eso sigo teniendo problemas (yo). Entonces decido terminar y la cito para otro día.

Cuando logro salir a la calle, veo como cada cual se distancia, no sé qué harán, que pensarán. Tampoco sé que ocurrió mientras estaban en la institución. Dejo de lado el recuento del día, quiero olvidar. 
En ese paréntesis que abro para descansar, logro apartar de mi conciencia las constantes obligaciones que me siguen; han logrado que yo crea -y yo ha puesto de su parte- que lo que ocurra con sus vidas es importante, que sus elecciones pueden ser cruciales para el futuro de todos. Sin embargo, ese argumento, en realidad, lo encuentro cada vez más débil. Encuentro que me equivoco si me oriento a partir de allí.

Comienzo entonces a entender que lo que entendí de lo que pasó con la adolescente no fue sino la pura comprensión: comprendo en la medida en que me identifico con ella, comprendo hasta donde me identifico con ella, comprendo en ella las cosas mías que caben en ella. 
Es así que pude afirmar que encontré lógicas sus mudas deducciones, porque yo las completé. No importa mucho que siendo un adulto me identifique a una adolescente, nunca deserté en mi idea de que la maduración es sólo una ilusión de la que convencemos a los demás para convencernos nosotros mismos. Para mí tiene que ver con que a esa edad “te pasan” muchas cosas, no te las cobran. Entonces, dejo a un lado esas ideas preconcebidas y lo que escucho es un sujeto, uno como yo y no tanto: un sujeto como yo; es decir otro.

Ella no regresa más, tampoco salgo a buscarla. Su historia quedará en suspenso, como debe ser. El mismo suspenso que encuentro en la mía, que por más que la interrogue no la podré agotar, “a la vida no la podré agotar”. Me agoto yo, si persisto con eso de entender; y yo crece. Ella “hace”, obedece, aprendió a enseñarse cómo los demás esperan de ella, y de cierto modo ya no le cuesta responder, incluso complacer: tiene buenas notas, se las arregla para que no sepan cuando disfruta su vida, para no amargar, ni molestar a nadie. Yo no tengo nada qué pedirle, la admiro en silencio. Yo no tengo que pedirle nada, la admiro en silencio. Nada tengo yo que pedirle, en silencio la admiro.    

miércoles, 30 de abril de 2014

Sobre educación...




Hace poco me encontré en una situación en la que me cuestionaba sobre un asunto, un tema que había sido motivo de una conversación que tomó tintes de polémica y hasta de discusión, precisamente porque de lo que se trataba era de una creencia: cómo se debe educar y la co-responsabilidad. Ideas nuevas, por cierto, y como novedad, en boga.

Como se sabe, con las creencias hay dos problemas que son uno mismo: el primero es que no son cuestionables en el campo racional y lógico; el segundo es que todos las tenemos.

Esto lo digo en la medida en que he podido presenciar las quejas y reclamos que una madre le hace a una institución por el problema de adicción de uno de sus hijos. En otras ocasiones, un simple reclamo o una advertencia por parte de esa madre tienen una intención (el discurso casi siempre la tiene): comunicarte el compromiso que has adquirido como profesional cuando recibes su hijo en el lugar donde trabajas; en otras palabras, tratan de darte la impresión o impresionarte con que si algo le pasa al jovencito, será un asunto de tu incumbencia, sin importar que haya sido o no en circunstancias ajenas a tu existencia.

El adolescente, incluso el niño, lo sabe: toma noticia de esa intención de su madre; la cual ha incorporado elementos externos, del enfoque de derechos, para lograr su cometido. Ahora estos adolescentes y niños hablan sobre derechos, y algunos lo hacen con la auténtica convicción de que el mundo no les puede fallar, que los demás les deben por existir: “Están llamados a protegernos, somos el futuro”. Primera inversión: antes, supuestamente se venía al mundo en deuda, según las tradiciones religiosas, antropológicas, biológicas e incluso psicoanalítica.

Sin embargo, la exigencia de protección ("Están llamados a protegernos...") se sostiene sobre la creencia, sobre la promesa, que implica una responsabilidad ("somos el futuro"). Los niños y adolescentes, si bien son -o están- sujetos de esta responsabilidad que se les atribuye, en la mayoría de los casos pretenden ignorarla, en otros rechazarla. 

Es necesario preguntarse quién les consultó sobre semejante obligación: “Ser el futuro”, y por demás, de un futuro que otros quieren, que otros esperan. Segunda inversión y vuelta a la tradición: ahora han venido al mundo en deuda; entraron al mundo con una tarjeta de crédito de alto cupo.

Ese futuro del que ellos son -como se puede ser propiedad de algo o alguien, como es un esclavo de su amo-  no es más que uno donde pululan los ideales de salud, de longevidad, de paz, de amor por el prójimo, de cuidado al planeta, de preservación, de límites, de minimizar los riesgos aumentando la prevención, de profesionales exitosos y productivos, un futuro brillante, idealizado por la generación precedente.

Según Lacan, el libro de Jeremías dice que "Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tendrán la dentera". Por ello no es raro que ese futuro diseñado por la generación precedente este siendo prepagado a los niños y adolescentes con un presente de goce, de bienestar, un tiempo de absoluta tranquilidad, de ausencia de obligaciones. He ahí el cupo de la tarjeta de crédito.

Ahora, cuando advierto sobre quién les consultó, pues no hago sino seguir la misma tendencia que se presenta cuando se les consulta por otros temas: a los niños hoy en día hay que consultarles todo -es lo que se dice- ¿Quieres o no hacer la tarea? ¿Quieres comer? ¿Qué quieres…? Se les está consultando todo el tiempo. 

Pero no siempre ocurre así. Hubo y aún puede haber un padre o una madre que no consulte sobre nada de esto, que sencillamente ordene. Ordenar un niño, a su antojo, principalmente al deseo de una madre. De hecho es lo que sucede cuando ese futuro se diseña por la generación precedente y se soporta con políticas como la de consultarles todo y prepagarles.
  
Esta dentera de los dientes de los hijos por las uvas agrias que comieron los padres, es el retorno de lo que quiere proscribirse. Entonces otra nueva tendencia se consolida: velar por los derechos de los niños, velar porque nada (se pre-asume que externo) perturbe el desarrollo de un niño. Pero siempre puede ser interrogado el planteamiento del filósofo Rousseau ¿el individuo nace puro y la sociedad lo corrompe? Sin duda, que continuará aliado al pensamiento religioso y el asunto de El pecado original. 

Sin embargo, la construcción basada en la ciencia se abre paso, definiendo una serie de trastornos mentales que también afectan al niño y que tienen un origen de diversa índole. Pero ¿cómo orientarse en frente de ese boom de los trastornos de la infancia y la adolescencia? ¿En el boom de los medicamentos psiquiátricos?

Sorprendentemente, lo que Rousseau miraba y atribuía al exterior (afuera), no observando al niño y el fenómeno de su comportamiento, ahora la ciencia lo mira en sus genes, en su química; es una mirada puesta en el adentro. En su interior, se presume ahora, están las causas de su conducta: él niño sigue siendo obviado, incluso desechado. Ahora está en su ADN, algo en éste es el extraño responsable. Hay quienes respondieron al llamado de protegerlo de este agente patógeno: “debemos salvar el niño.” Corten.

martes, 29 de abril de 2014

El dispositivo análitico ¿online? Tercera parte

Montaña, tormenta de invierno, nieve, frío, hombre, arte wallpaper


El sacrificio por honor en la tragedia de Ayax se presenta de esta forma: no por amor a otro, no por salvar a otro, sino por evitar la vergüenza propia: por salvar-se, por amor propio. Quizá pueda explicar-se de otras mil formas, pero a mí me gusta ésta versión. No significa que sea la verdadera ni la mejor.

Debo agregar que si lo entiendo así es porque la vergüenza la comprendo con más facilidad que el amor. Siendo así que supongo que para matarse debió ser muy grande la vergüenza; tanto como lo era su nombre, puesto que sabía lo mucho que había logrado -casi a la altura de Aquiles-. Tan grande como la gloria es ahora la vergüenza.

Entonces comienzo a cercarme con ideas: 1. "no puedes retroceder después de llevarte hasta cierto punto; es imposible". 2. Tampoco se puede retroceder ante la fatídica realidad de la muerte (¿ o sí?). 3. ¿Es posible vivir pagando un precio tan alto como lo es el ver caer la construcción en que tanto te esmeraste?
He allí la encrucijada de este hombre que, al igual que Jesucristo, es un héroe. Pero ¿acaso sólo disfraza su motivo? ¿es más venerable morir por amor a los otros que por amor (y orgullo) propio? ¿En cuál prejuicio se sostiene una idea así, en caso que se quiera afirmar? 

Todo esto me sirve para afirmar que, si el amor encierra una lógica, ha de ser una cercana a la de la vergüenza. Sobre eso, el que la decepción sea un punto común, dice mucho. Pero se trata de un apodicto: "si el amor encierra una lógica": es la premisa que se toma por supuestamente cierta, sin cuestionarla, sin que su cuestión sea aquí la cuestión: se trata de un prejuicio. El precio que se paga es que el valor de verdad de la proposición no puede ser sino relativo... ¿relativo a qué? relativo al valor de la premisa. En resumen: nadie afirma que el amor encierre una lógica, pero si la encerrase, entonces... tiene una cercana, semejante estructuralmente a la de la vergüenza. Espero que en este punto aún pueda seguirse la línea lógica. Voy a tratar de ampliarlo.

"Sacrificar (se) por amor" "Sacrificar (se) por honor": sacrificar(se) por amor al otro o por el amor propio. A la final no hay ninguna diferencia: se ama, y punto. Se ama al otro que es mio o del que yo soy, se ama al yo (que siempre es otro, como dijo el poeta) que es mio o del que soy (aquí hablamos de esa fagocitación, de esa fascinación contempóranea del Narciso que no se ve en las aguas del río sino en el muro de su facebook y el número de likes que son la pompa y la vana gloria de su yo. No sin de paso recordarles los suicidios adolescentes por los exabruptos, en ese mar).

El psicoanálisis no puede facilitar el entendimiento del egoísmo que se enraíza en lo profundo del ser, pero los psicoanalistas sí pueden, quizá deba decir podemos, o debamos decir podemos. Es mejor decir que el psicoanalizarse más allá de cierto punto conlleva poder entender esa visión totalitarista del yo, esa en la que el yo aspira a inundar la "realidad" o, mejor aún, a fundirse con ella.

¿Acaso son dos cosas distintas? en todo caso, me atrevo a afirmar que es una precipitación a la muerte. Claro; el amor también. 


viernes, 25 de abril de 2014

Encuentro inédito 2


Pero pronto comienza un desajuste: comienza a irle mal como negociante, llega abatido a casa y su mujer lo desafía diciéndole una y otra vez, con desprecio: “póngase a tomar de nuevo”. Luego él, valiéndose de lo que llama “wathergate”, escucha la grabación de las llamadas que su mujer hace en su ausencia: lo va a dejar porque él ya no tiene dinero y ella sí. 
Entonces él traspasa los bienes a su madre, previendo la separación de bienes que finalmente se da. Se va a vivir a casa de la madre, y retoma el hábito de la bebida. Pronto comienza el malestar: según él, ellas (madre y hermana) lo comienzan a discriminar porque ya no tiene dinero; cuando está viendo Tv, escuchando música o haciendo ejercicios gnósticos, en su cuarto, encienden la licuadora, ponen la misa, hacen oraciones en voz alta… lo desconcentran. Si lo hace en la sala, ellas le cambian el canal o se ponen a hablar al lado de él. Lo instan a misa, a hablar de la religión de ellas, a que deje la bebida.
Recuerda que cuando era niño, su madre, a todo aquel que llegaba a la casa, le decía “vea, éste va a ser padre”, lo que le enojaba y apresuraba a desmentirla. Hasta un día en que llegó un vecino muy ingenioso que respondió a la madre: “padre sí, pero de familia”. Lo que él confirmó: "eso sí, padre de familia”.
Sin embargo, él aun se queja de este deseo de la madre: que él fuera un cura para que no gozara, para que toda la vida estuviera dándole a ella diezmos.
Fue en el marco del presunto hostigamiento que madre y hermana cernían sobre él que se dio el paso al acto: levantó el teléfono y escuchó una conversación entre madre y hermana en la que planeaban mandarlo matar de modo que pareciera un accidente. Se refugió en la bebida para sofocar la ira, y lo logró durante algunos días; pero no aguantó más, tomó un arma e hirió a la madre y luego a la hermana; y, mientras esto hacía, como la madre se interpuso, la atacó nuevamente. Ellas se fueron a buscar atención y él esperó a la policía para entregarse. 
El ataque que reposa en el expediente no es el mismo que él relata. 

A pesar de que las instancias legales por medio de papeles pusieron límites y cauciones, fue él quien pidió que nunca más se le volvieran a acercar. Pero al empezar a escucharlo, se quejaba de que ellos (madre, hermana y un tío) lo molestaban: lo espiaban cuando él se movilizaba por la ciudad, lo espiaba una familia vecina que mandaban taxis para que dieran reporte de sus actividades y rumbo. En general: ellos esperaban cerca de un lugar por el que sabían –gracias a la información de un tercero- que él iba a pasar. Él los veía de lejos, de soslayo, y sabía que eran ellos; se perturbaba y seguía adelante tratando de hacer caso omiso.

jueves, 24 de abril de 2014

"El perseguidor" Julio Cortazar



                           

   Fragmento de entrevista a Julio Cortázar
Julio Cortázar y Charlie Parker (El perseguidor )

JC: Porque de inmediato sentí que el personaje era él; porque su forma de ser, las anécdotas que yo conocía de él, su música, su inocencia, su ignorancia, toda la complejidad del personaje, era lo que yo había estado buscando.
OP: Lo que habías estado persiguiendo. El perseguidor eras vos.
JC: Sí. Pero si yo no hubiera leído esa biografía o esa necrológica de Charlie Parker, tal vez no hubiera escrito el cuento. Porque estaba muy perdido, no encontraba al personaje.
OP: Un escritor en busca de su personaje. Pero además, por lo que yo sé, tuviste otras dificultades.

JC: Hubo una doble dificultad. La primera me concierne a mí. Yo empecé a escribir "El perseguidor" profundamente embalado y escribí casi de un tirón toda la primera secuencia, esa que transcurre en la pieza del hotel, cuando Bruno va a visitar a Johnny y lo encuentra enfermo, con Dédée. Eso toma unas veinte páginas, es bastante largo. Bruno le deja algún dinero y se va, se mete en un café y trata de olvidarse, con la ambivalencia típica del personaje. Y ahí me bloqueé. Al otro día quise seguir el cuento y nada. Releí las veinte páginas y nada. Quedé totalmente bloqueado, me era imposible seguir. Entonces metí todo eso en un cajón y pasaron tres meses, una cosa muy excepcional en mi trabajo de cuentista, porque a mí los cuentos me salen de un tirón. Pasaron tres meses, entonces, me dieron un contrato en las Naciones Unidas, en Ginebra. Tenía que pasarme tres meses en una pensión y me puse a sacar papeles. Entre ellos iban esas veinte páginas, pero yo no me di cuenta. Metí todo en una maleta y me fui. Hasta que un día, en la pensión, buscando no sé qué papel, salió eso. Después de tres meses vos te releés como si eso que estás leyendo fuera de otro, ¿no? Leí, y seguí, seguí, terminé las veinte páginas, me senté a la máquina, puse una hoja y en tres días terminé el cuento. Nunca me he podido explicar la razón del bloqueo y mucho menos la razón de que haya podido empalmarlo. Pero creo que si yo no contara esto nadie se daría cuenta de que el cuento estuvo interrumpido.