martes, 6 de mayo de 2014

Más acá de la educación…





“X se encuentra al cuidado y protección de su familia. Ningún derecho se encuentra vulnerado al momento de su ingreso. Tampoco se encuentra situación o circunstancia en su vida actual que amenace sus derechos fundamentales. Por elementos de la historia familiar, aportados por la adolescente, se puede presumir que su ingreso a la modalidad obedece a un conocimiento y uso por parte de sus padres de la 'red social' destinada al bienestar de sus hijos; además les interesa ampliar su perspectiva de la formación académica a la ocupación en un oficio específico. En lo que respecta a su salud mental no se identificaron signos de alteración en su desarrollo; su conducta comprende respuestas características de la adolescencia. Se encuentra en proceso de construcción de una identidad, aceptando y rechazando algunos de los elementos dados por su familia y comunidad inmediata. En este proceso de construcción se encuentra con 'oposiciones' por parte de sus padres principalmente; todos aquellos convocados a ser parte de su educación esperan (así no lo quieran) algo de ella: que se gradué del colegio, que aprenda un oficio, que continúe en la Universidad, que no ingrese a las drogas, que no se embarace, que sea todo eso y más.”

Encuentro una consecuencia lógica, casi obvia: su pereza, su desmotivación; está apabullada con tantas cosas, y lo dice entre dientes, con miedo a ser sancionada por decirlo. Lo que le gusta no lo puede hacer, porque es mujer; para su padre sería más que una decepción, un problema en realidad. Teme despertar la ira de su viejo porque alguien tendrá que pagarlo, quizá su madre, o uno de sus hermanos. Entonces se silencia y cumple. Se enoja, y mucho; no porque no entienda, sino porque no quiere entender, no le interesa.
     
Luego pienso. Yo pienso; ella me hace pensar: “sí; cierto. Pensar es forzarse, dejar de ser, renunciar a ser…”. Entonces dejó ahí. 
Ella está cansada de hablar, me mira, y yo espero en silencio. En ese preciso instante recuerdo que aun sabiendo que ya no quiere hablar, debo pedirle que quiera responderme algunas preguntas más, las más necias, las menos importantes. Entonces interrumpo esa obligación, no la reconozco en mí, no la reconozco mía, es una obligación contraída, no es una obligación que haga mía, por eso sigo teniendo problemas (yo). Entonces decido terminar y la cito para otro día.

Cuando logro salir a la calle, veo como cada cual se distancia, no sé qué harán, que pensarán. Tampoco sé que ocurrió mientras estaban en la institución. Dejo de lado el recuento del día, quiero olvidar. 
En ese paréntesis que abro para descansar, logro apartar de mi conciencia las constantes obligaciones que me siguen; han logrado que yo crea -y yo ha puesto de su parte- que lo que ocurra con sus vidas es importante, que sus elecciones pueden ser cruciales para el futuro de todos. Sin embargo, ese argumento, en realidad, lo encuentro cada vez más débil. Encuentro que me equivoco si me oriento a partir de allí.

Comienzo entonces a entender que lo que entendí de lo que pasó con la adolescente no fue sino la pura comprensión: comprendo en la medida en que me identifico con ella, comprendo hasta donde me identifico con ella, comprendo en ella las cosas mías que caben en ella. 
Es así que pude afirmar que encontré lógicas sus mudas deducciones, porque yo las completé. No importa mucho que siendo un adulto me identifique a una adolescente, nunca deserté en mi idea de que la maduración es sólo una ilusión de la que convencemos a los demás para convencernos nosotros mismos. Para mí tiene que ver con que a esa edad “te pasan” muchas cosas, no te las cobran. Entonces, dejo a un lado esas ideas preconcebidas y lo que escucho es un sujeto, uno como yo y no tanto: un sujeto como yo; es decir otro.

Ella no regresa más, tampoco salgo a buscarla. Su historia quedará en suspenso, como debe ser. El mismo suspenso que encuentro en la mía, que por más que la interrogue no la podré agotar, “a la vida no la podré agotar”. Me agoto yo, si persisto con eso de entender; y yo crece. Ella “hace”, obedece, aprendió a enseñarse cómo los demás esperan de ella, y de cierto modo ya no le cuesta responder, incluso complacer: tiene buenas notas, se las arregla para que no sepan cuando disfruta su vida, para no amargar, ni molestar a nadie. Yo no tengo nada qué pedirle, la admiro en silencio. Yo no tengo que pedirle nada, la admiro en silencio. Nada tengo yo que pedirle, en silencio la admiro.    

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